Terminó una semana más de arduo trabajo en la fábrica de Shakalaca. Como de costumbre, todos los domingos era el único día que teníamos para descansar. Cada enanito iba a visitar a sus familiares o viajaba a algún lugar turístico, entonces decidí ir a ver a mamá.
Camino a casa, a un lado de la carretera estaba doña Mirnita, la más alta de todas las enanitas, medio tan solo 5 cm. Entonces me detuve a saludarla, y me llamó la atención unas bolas verdes, enormes y pesadas que tenía en venta. Recordé que las había visto más de una vez, pero no en dónde, pues me atreví a comprarle uno. Me sentía familiarizado con su olor, con su textura, pero en mi mente existía una laguna que no me permitía acordarme frente a que estaba.
Al cabo de unos minutos ,doña Mirnita me ofreció abrírmelo para probarlo. Me imaginé que era como un cohete que me trasportaría en el tiempo, así que me gustó la idea y acepté.
De esa manera abrió un agujero en la parte superior, e introdujo un tubito de plástico muy largo y me lo entregó. Subí a mi pequeño carrito y lo até con un lazo, arrastrándolo hasta mi casa. En mi interés por saber que era esa gran bola, olvidé ir a ver a mamá. Así que llegue a mi hogar y bajé de mi auto, traje mi escalera hecha de palitos de fósforo y empecé a subir hasta llegar a ese tubo de plástico, y me senté.Para mi sorpresa, en un abrir y cerrar de ojos me fui dentro de ese tubo. Cuando llegué al final, caí en una piscina de agua fresca. Estaba muy sorprendida y afligida a la vez. Por un momento, pensé que sí había viajado a otro mundo a través de una pajilla, y que en realidad había aterrizado en una isla, pero sabía que no lo era, porque estaba encerrada entre paredes blancas. Cada vez se me hacía más conocido el lugar donde estaba.
Más tarde comencé a tener hambre y sed, las vitaminas de Shakalaca me tenía bien nutrida. Buscaba una salida y no la encontraba, entonces empecé a flotar en el agua y relajado veía hacia el cielo de la bola donde me encontraba encerrado. Parecía un cuento, donde las nubes eran de algodón dulce, la lluvia era chocolate y los árboles eran galletas. En este caso las paredes parecían comibles, y tanta era mi hambre que decidí probar, al instante me fascinó el sabor, y también probé el agua y fue otro endulce a mi paladar, no sabía por qué se me hacía conocido ese sabor, en fin… Habían transcurrido muchos días dentro de ahí sin poder salir, por esa razón poco a poco iba comiendo esa carnita blanca hasta ir formando unos huequitos dentro del lugar donde yo podía subir y salir de nuevo.
Al transcurso de dos semanas, escalé y escalé hasta llegar al agujero, me había comido y tomado casi todo lo que había en su interior. Fue una experiencia inolvidable, me imagino que he de haber perdido mi trabajo por desaparecerme tanto tiempo, mamá me ha de estar buscando por todos los rincones, todo es diferente acá adentro, porque aquí todo es igual, no hay más nada que hacer.
Para finalizar, me tiré de la pajilla, y cuando caí, vi algo maravilloso: la bola verde en la que yo había vivido por más de dos semanas había tornado un color amarillo y solo de esa manera pude reconocer que todo el tiempo estuve dentro de un coco, que al principio no pude identificar por su color verde, pero con el pasar del tiempo comprendí que maduró y siendo anaranjadito pude recordar que era la única manera de saber que era un coco. Fue genial, llegué a mi fábrica, estaba despedido obviamente, pero llevé una idea. La innovación del año con la que pude recuperar mi empleo, presenté la idea de fabricar shakalaca sabor coco. Aquella experiencia dentro del coco me hizo rico en vitaminas y rico de dinero.
Este se lleva los premios
ResponderEliminaradmito que eres mi maestra ^^
yeah clau! hasta me dieron ganiitas de ricas golosinas esta super jiji buena historia me encanta (:
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